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MUESTRA ACTUAL

Cubo

Ánima Velázquez y

Santiago Zemma

Octubre - Noviembre 2025

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“Dimensiones de mundos invisibles: el cubo y el alma”

Virginia Fabri


En el principio fue la forma. Y entre todas las formas, el cubo —preciso, sereno, inquebrantable— pareció contener la promesa del orden universal. Pero todo cubo encierra un secreto. Si se lo observa el tiempo suficiente, algo comienza a temblar en sus aristas, como si la razón que lo sostiene ocultara una puerta hacia lo invisible.

 

En esta muestra, esa puerta se abre. Teresa Tronconi, -bajo su heterónimo Ánima Velázquez-, y Santiago Zemma se encuentran en torno al cubo como quien se asoma a un espejo antiguo: no para copiarse, sino para reconocerse en otro plano. Ella trabaja las sombras del cubo, las proyecciones del teseracto, figura de la cuarta dimensión. Él, los reflejos, las vibraciones ópticas que hacen de la luz una materia viva. Ambos dialogan desde distintos bordes del mismo misterio: la posibilidad de que el espacio sea, también, una forma del alma.


Ánima Velázquez: el alma y la cuarta dimensión


El nombre Ánima Velázquez encierra un manifiesto.


Ánima, el alma que habita la materia; Velázquez, el pintor que enseñó a mirar el aire.
Dalí decía que, si el Museo del Prado ardiera, él salvaría el aire de Las Meninas. Ese aire —lo invisible entre las figuras, la vibración entre las miradas— es el verdadero protagonista de la pintura. Así, Teresa Tronconi adopta su heterónimo: busca no representar la forma, sino darle respiración, liberar lo invisible que la habita.

 

Su territorio es el teseracto,  —también conocido como hipercubo— ,   una figura geométrica que se despliega en una dimensión más allá de nuestra experiencia cotidiana: la cuarta dimensión. Está formado por ocho cubos tridimensionales conectados entre sí en un espacio tetradimensional. Aunque no podemos visualizar directamente esa cuarta dimensión, podemos intuirla a través de proyecciones y analogías, del mismo modo en que una sombra bidimensional sugiere la existencia de un cuerpo tridimensional. 

 

A fines del siglo XIX, el físico y matemático Charles Howard Hinton propuso esta figura imposible para pensar la expansión del espacio más allá de lo perceptible.
Así como un cubo es la proyección tridimensional de un cuadrado, el teseracto sería la proyección tridimensional de un cuerpo que habita una dimensión superior.

 

Para Hinton, imaginarlo era un ejercicio espiritual: la mente debía aprender a “ver” aquello que no puede ver.
Claude Bragdon, arquitecto, artista y teósofo norteamericano, llevó esta idea más lejos.Pertenecía a la Sociedad Tosófica, fundada por Helena Blavatsky, cuyo fin último era la búsqueda de la sabiduría oculta. En sus textos —Man, the Square y The Bodily Temple— el cubo se vuelve un símbolo sagrado. Para Bragdon, cada dimensión contiene a la anterior: el cuadrado al punto, el cubo al cuadrado, y la cuarta dimensión al cubo. Esa progresión no sólo es matemática: es espiritual. La cuarta dimensión es el plano del espíritu, la morada de lo eterno. En su sistema simbólico, el cubo mágico representa a Dios: un gran cubo formado por infinitos cubos menores, donde cada parte refleja el todo en perfecta armonía numérica. Así como el hombre habita dentro del cosmos, cada cubo habita dentro del cubo divino. La geometría, decía Bragdon, no es sólo una ciencia del espacio: es una teología de la forma.
Desde ese linaje de pensamiento, Ánima Velázquez trabaja sus teseractos.

 

Los construye en resina, vidrio o materiales impresos en 3D, y los dispone de modo que sus sombras proyectadas se vuelvan parte esencial de la obra. El teseracto tridimensional se convierte en una figura doble: el cuerpo y su sombra, el ser y su eco. La sombra no es ausencia de luz, sino huella de una dimensión que no vemos. Cada proyección es un mapa de lo invisible.

 

En otro extremo de la sala, la artista presenta cubos sólidos en mármol y piedra: formas pesadas, de superficie táctil, que anclan la ligereza de los teseractos.
Sobre uno de ellos de madera “Incendio Forestal”, un video de fuego  en un dispositivo oscuro, parece consumir el cubo desde dentro: un incendio contenido, una combustión simbólica. El cubo que arde evoca la transformación del espíritu, la energía que se libera al atravesar las dimensiones. Como si lo sagrado —esa geometría divina de Bragdon— pudiera revelarse por un instante antes de volver a disolverse en el aire.

 

Santiago Zemma: el reflejo como arquitectura

 

Por invitación de Velázquez, Santiago Zemma comparte este territorio.

 

Arquitecto y artista visual, su mirada sobre el cubo es distinta: menos metafísica, pero igualmente hipnótica. Zemma se detiene en el fenómeno del reflejo, en la luz que multiplica el espacio y confunde la mirada.
Sus esculturas están hechas de acrílico transparente y en su interior suspende cintas metálicas y plásticas en torsión. Las líneas, curvadas y flotantes, capturan el entorno y lo devuelven alterado: reflejos, transparencias, duplicaciones. El cubo se vuelve cámara óptica, superficie móvil, juego de espejos. El espectador, al desplazarse, modifica la obra. El espacio se mueve con él.

 

En otra serie, Zemma lleva ese principio al límite: elimina la caja de acrílico y conserva sólo las aristas del cubo, construidas en acero inoxidable y aluminio.
Dentro de esa estructura abierta, las tiras reflejantes cuelgan y se cruzan en el aire.
El cubo se vacía de materia, pero se llena de luz. Cada línea parece pulsar, como si la geometría respirara.
Estas obras dialogan con la tradición óptico-cinética argentina de Le Parc y Martha Boto, pero desde una sensibilidad contemporánea, donde la tecnología y la experimentación manual conviven. Zemma no busca la precisión científica, sino el asombro perceptivo: que la luz se vuelva un organismo que reacciona a nuestra mirada.

 

Sombras, reflejos y dimensiones del alma

 

Las obras de Velázquez y Zemma se espejan en una suerte de danza elemental: sombra y reflejo, vacío y resplandor. Una trabaja desde la oscuridad luminosa del pensamiento; el otro, desde la luz inquieta de la materia. Entre ambos, el cubo deja de ser objeto para convertirse en pregunta: ¿es una forma o un camino? ¿un cuerpo o una frontera hacia lo invisible?

 

Como en la fábula de Planilandia, la novela de Edwin Abbot, donde los habitantes de un mundo plano descubren el volumen y, con ello, una nueva conciencia, esta exposición nos invita a intuir otra dimensión. Los teseractos de Velázquez abren una puerta hacia lo espiritual; los cubos de Zemma devuelven al ojo la magia del instante. Ambos, desde lenguajes distintos, sugieren que la cuarta dimensión no es un lugar, sino un estado de percepción.
Quizás por eso, al final, todo cubo es un espejo del alma. En su interior habita la idea de totalidad: lo visible y lo invisible, lo material y lo trascendente, reflejo y sombra, aire y fuego. Y si un día el arte ardiera —como imaginó Dalí frente al Prado—, tal vez también nosotros salvaríamos eso: el aire que respiran las formas, el espacio donde el espíritu se hace visible.

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